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[i]ESPLENDOR POÉTICO EN "AL AMOR DEL BOHÍO" Ramón Emilio Jiménez gozó de fama de poeta desde su temprana juventud. Nació en 1886 y ya en 1906, a los 20 años, era jefe de redacción de la revista "El Pensamiento" y publicaba, en ella, sonetos de estructura clásica. La época que le tocó vivir en aquel Cibao montaraz y levantisco era de grandes precariedades en todos los órdenes, sin embargo, asombra la madurez de nuestro autor y su destreza como versificador. Quien luego sería su cuñado, Juan de Jesús Reyes Aranda, ya hacía armas también en la poesía y colaboraba en la dicha publicación con hermosos poemas en prosa, los primeros que entre nosotros merecen ese nombre de acuerdo con la tradición de Baudelaire. Tanto a él como a don Juan de Jesús y a otros poetas de esos tiempos, se les ha encasillado como modernistas y como tales figuran en el panteón lírico nacional; empero, la lectura de muchos de los instantes más hermosos de este libro que ponemos en circulación en su tercera edición, nos pone a pensar seriamente si acaso este poeta que aparece allí y del cual espero dejar una impresión absoluta esta noche, no tuvo influencias de los nuevos aires que en el mundo habían trasformado el modo de decir y las imágenes frescas y maravillosas que él allí desparrama, no crearían cierta escuela de las que son herederos escritores criollistas de la talla de un Juan Bosch, por ejemplo. Críticos contemporáneos como el rumano Mihai Grünfeld en el estudio que sirve de prólogo a su "Antología de la poesía latinoamericana de vanguardia (1916-1935)", señala: La vanguardia literaria latinoamericana de los años 1920-1930 refleja también el ambiente específico americano en el cual se desarrolla, ya sea a nivel nacional, regional o continental. Además de su identificación con el movimiento internacional la vanguardia es eco y portavoz de las preocupaciones políticas, culturales y nacionales del continente sureño cuya descripción es uno de sus proyectos. Para Grünfeld, todo lo que sucedió en ese decenio, entronca, supiéranlo o no los que a tales cosas se dedicaban, a un movimiento novedoso, diferente del modernismo tradicional. De modo que, por lo menos en este libro y en parte en "Savia dominicana", nuestro autor supera el modernismo tradicional dominicano. En efecto, una de las cosas que espero demostrar es que Ramón Emilio Jiménez no sólo supera ese modernismo, sino que penetra en territorios caros al postumismo y que, sus metáforas y sus imágenes lo acercan más al ultraísmo que al modernismo y con ello queremos señalar, que la rima, de la que fue adicto, tan adicto, que nunca dejó de escribir sonetos, le impidió, como a tantos otros, víctimas de la sonoridad falsa de este aditamento retórico, quizás, no sólo superar nuestro modernismo, que tan bien trasciende en este libro, sino en figurar como un vanguardista latinoamericano de importancia. De modo que, me voy a limitar, no a comentar, como es tradición en los presentadores nacionales, el material del libro y aspectos de la biografía de una personalidad tan destacada como nuestro autor, cuyas estrofas de "La Patria en la canción" cantamos día por día al entrar y salir de clases y en todos los actos escolares las gentes de varias generaciones y cuyos versos, publicados regularmente en los periódicos, nos deleitaron tanto, porque no estamos hablando de un desconocido, por ello daré por sabido que la mayoría de los lectores han disfrutado su literatura y a este volumen y por ello conocen al dedillo los temas tratados en el primer y segundo tomos, que ahora aparecen en solo volumen y, a riesgo de abusar de la paciencia de todos, me daré gusto leyéndoles partes poéticas del mismo. Lamentaré mucho no decir todo lo que se debe decir de los diferentes temas tratados, de esbozar, aunque fuera con una pincelada rápida la forma en que trata tal o cual, en que nos rescata decires y haceres de nuestra gente y por ello muchos dirán que mi presentación queda un poco vacía; corro ese riesgo y espero que críticos más avezados se internen en esos vericuetos hermosos y luminosos y que este libro inagotable encuentre muchos lectores capaces de decir lo que piensan de él y de la sensibilidad política y social del autor en el momento en que trabajó estos materiales. Me interno en esas veredas, que no son las únicas ni quizás las más importantes desde el punto de vista crítico, pero sí, y espero que en ello estén todos de acuerdo, desde la perspectiva estética. Empero, antes de ello, creo importante señalar algunos detalles: si tomamos un texto escrito durante el siglo diez y nueve: por ejemplo, "El montero" de Bonó que se redacta cuando ya hay un ente que podríamos llamar dominicano, y otro al final de esa centuria, la novela de Billini, "Engracia y Antoñita", nos damos cuenta de que, aunque una se desarrolla en la región norteña cerca del mar, en la Bahía Escocesa y en las estribaciones de la cordillera Septentrional, en el San Francisco de Macorís donde el autor fue abogado y botánico, y la otra en la región sureña, en el Baní que era entonces lo más pintoresco del Sur, las costumbres nacionales difieren poco y que, a todo lo largo del siglo, diríamos que un poco más de la mitad, salvo las comunidades donde llegaron muchos extranjeros atraídos por las facilidad de los negocios, puertos de mar importantes como San Pedro de Macorís, Puerto Plata y Montecristi o los que creó el ferrocarril como Sánchez, Pimentel y La Vega, pero sólo en los cascos urbanos céntricos, la campiña nacional y los suburbios de los pueblos y ciudades, conservaron su ruralía y es algo que se podía comprobar hasta en la misma ciudad capital si uno iba a La Isabela o a Los Alcarrizos. No hay, en toda la literatura nacional, ninguna obra que recoja, con la riqueza de datos y de ejemplos, con la belleza expresiva y con la calidad de su prosa, la intimidad del alma nacional ajena a influencias foráneas (por más que la mayoría de sus creencias y tradiciones les vienen desde las Islas Canarias, de España y de Africa y alguna lejana influencia indígena muy diluida), como esta de don Ramón Emilio. Esto que decimos, sería bastante y suficiente para considerar la importancia de la misma y lo valiosa que es como fuente de conocimientos para las nuevas generaciones que de este modo podrían entender mejor al dominicano, porque lo que hemos sido, después del éxodo masivo a partir de la guerra de abril y de la invasión no menos masiva de los nativos de las campiñas y de los oriundos de los barrios que se han superado y que han ocupado altas posiciones, sobre todo desde que Balaguer importó a los personeros de la recién decapitada dictadura del interior que no estaban quemados y los llevó a ostentar secretarías de estado y otros importantes sitiales, se podría decir, parodiando a Papá Toño Alix que todos tenemos al campesino, no detrás de la oreja, sino delante de la chemba y en la sangre, y por ello, el Señor Presidente de la República, con sus salidas y ocurrencias campestres, no me deja mentir. LA POESÍA CAMPESINA Y POBLANA Un libro es igual que una persona. Al leerlo nos damos cuenta de que es lo mismo que tratar a una gente. Este que ponemos a circular, en particular, nos muestra una primera faceta impresionista y expresionista, de una espontaneidad lírica y un frescor lingüístico pocas veces superado en nuestra literatura; el autor no era propiamente un muchacho, como el Juan Bosch de "La Mañosa" y "Camino real", sino un hombre de treintipico de años que había padecido en carne propia la invasión norteamericana y los abusos cometidos por los blancos y había recibido y cumplido la orden del superintendente de educación, don Julio Ortega Frier, dada a todos los inspectores de Instrucción Pública de recoger las tradiciones y costumbres nacionales y por lo tanto, había aguzado su ingenio y alertado sus facultades para recoger de primera mano y en la feraz campiña cibaeña de Santiago, la provincia más provincia de todas las provincias, según el gráfico decir del maestro Hostos, lo que se cosechaba en abundancia, tanto en la misma ciudad principal como en las aisladas comunidades rurales: la pureza del costumbrismo nacional todavía no contaminado de la modernidad civilizada.. Para no hacer más pesada esta presentación, vamos a entrar en el territorio del encantamiento poético de "Al amor del bohío": Desde la primera estampa, "Los matrimonios en el campo", el autor está consciente de que el progreso acabará con mucho de lo que él rescata: El auto, la prohibición del porte de armas y la influencia de ciertos hábitos que vienen de fuera, han alterado en sus líneas más pronunciadas, esta original costumbre criolla y lo que dice de los matrimonios, vale para todas las demás tradiciones, aunque la mayoría de las gentes de mi edad sabemos que no fue así y que todavía, en algunos lugares, se mantienen rituales antiguos. En "Los bautismos en el campo", leemos: Domina la estancia el olor del "puerco asao". Sobre el pajizo techo de un rancho, se ven, como caricaturas del sol las tortas de cazabe. En "El riesgo de las paridas": Reconciliada con la faena del marido, a quien ayuda a veces en la siembra de granos el día que sigue a uno de lluvia, cuando el cielo y las montañas aparecen con nuevo traje azul, con más agua el arroyo, como un espejo el "pelao" redondo donde se revuelcan los burros, y el campo todo enfiestado de trinos y mariposas... "Ha botado la chancleta", arrojado las medias y coronado el pelo con una rosa roja como el amor y alegre como el vino. Una de las estampas más poéticas es la de "Lavandera criolla": Los primeros rayos del sol sorpréndela casi siempre bajando la cuesta, al pie de la cual pasa hilando alburas la corriente. Y va contenta, saboreando un "cabo de túbano" después de varios sorbos de café viejo, colado por ella misma en la añeja cocina enlutada de ollín, por cuyas rendijas tapiadas de encajes de araña, dibuja el sol figuras de oro cambiantes y grotescas. Ya en el río desnúdase, y en vez de cubrir el bajo vientre y parte de los muslos con la tradicional pampanilla, vela sus muslos con la honesta camisa, consentidora del agasajo libre de los vientos. Encantadora edad aquella, en que no nos explicábamos tampoco por qué se multiplicaba a lo lejos el ruido de la paleta y nuestro grito en las dulces horas que transcurríamos en el líquido, zabullendo y partiendo el agua con las piernas lanzadas con violencia sobre la superficie del río, el tiempo en que brotaba del herido cristal, como vidrios rotos, la golpeada linfa que el sol acoirizaba por un instante en el aire. A esto llamamos "panqueo", y era divertido y placentero, y hermoso, echarnos a la corriente y embestirnos a pancada limpia, con estridencias que ponían espanto en las garzas, que al oírnos abrían con tardo vuelo sus alas níveas para ir a situarse en otro punto de la playa en acecho de una joya escamosa. En "El cargador de agua": El campesino nuestro tiene que ser cantador. Vive en un eterno canto, el de esta naturaleza tropical, jocunda, pródiga en ritmos, y recargada de incentivos armoniosos. Por dondequiera recita su blanca estrofa el manantial, sueña una espiga, tiembla una flor, vibra un orgullo de pájaro, se empina una enredadera, arcada de nervios que florecen sensibles al más ligero ósculo de brisa, o la más leve inquietud de lagarto. Cuanto más bello es un lugar más lírico es. El palo seco es un jubilado de canciones y de nidos. Acaso por eso mismo nuestro campesino canta en el trabajo, en el amor, en la fe. Cantando enamora, cantando aborrece. Cuando canta, silba. Con una canción disipa la grimosidad nocturna, y hasta las aves de corral acuden a la consigna de un silbato, con ágil vuelo sobre los pajones guardadores de nidos, para corresponder a una demanda rubia de maíz. Ramón Emilio se adelanta a los modernos ecologistas cuando dice en "Las 'juntas'": El monte, ignorante de la suerte que le aguarda, ofrece su cabellera en desorden al galanteo de la primera brisa. La feroz hacha va a iniciar su implacable ansia de ruinas. Al filo del arma irresponsable de tanto destrozo de hermosura, van a caer exánimes las más airosas copas sobre las cuales saludó la aurora la ternura de algún pájaro que buscará en frondas más felices plaza de amor para su pico. Ni comprenden el valor de un tronco antiguo respetado por los huracanes, bajo cuya verde misericordia discurrió la infancia de varias generaciones, ni oyen en las floridas ramas la oración musical de las abejas. Una niña como de doce años, en cuyos grandes ojos morenos la picardía del sexo duerme como en espera de una revelación, trae en su gentil cabeza, sobre el rodete de trapo denominado "babonuco", el bidón de agua fresca tapado con hojas de guayabo que, al no cerrar del todo el agujero de la vasija, toleran el paso del líquido que brota con el movimiento de la marcha y da en la frente una sensación de perlas que se rompen... La ve llegar un moreno joven que "tala" una parcela y le arroja, como flores, estas primicias rimadas: Quisiera veite y no veite quisiera hablaite y no hablaite, quisiera encontraite sola Y no quisiera encontraite. El sol aprieta y la bondad del agua aprisionada en calabazos se agota en las vasijas rústicas, y esta fiebre, esta implacable desolación de árboles, dura hasta que el sol declina, hora en que salen todos, satisfechos y alegres, entonando la décima amorosa, del monte en cuya desolada breña ya no duermen las palomas, en tanto que bandadas de tórtolas viajeras manchan el cielo cárdeno buscando en el lejano retiro en donde recogerse en las intimidades de la noche. En "El montero": Ve el montero el cielo recortado por las osadas cumbres, menos cielo que en el llano, pero más azul, más limpio, infundidor de más confianza; cielo copiado a retazos por los arroyos, agujas que hacen en el telar de los siglos la randa de los valles. La proximidad de la noche, anunciada por un crepúsculo de sangre que incendió las nubes y acentuó más aún el violeta de la lejanía. La luna prometía suavidades de perlas al aire embalsamado de la sierra. En "Las placeras": Estas madrugadoras de oficio, las primeras en romper el empedrado cristalino que dejaron sobre la hierba del sendero las hadas llorosas de la Noche. Sobre una mesa, baratijas rústicas, jigüeras y cucharas de olla, esqueleto exterior del fruto sacrificado para bien de la cocina. Sobre otra mesa, construida de cemento, "manos" de guineos pintones y olorosos. Y en otra, pilas de maíz en cuya amarillez sorprenden un sueño de arepas las miradas. En un ángulo del recinto, henchidas de tonalidad nazarena, el vinagrillo y la remolacha; en otro, cientos de plátanos dan su nota verde y amarilla al cuadro primoroso, y frente a ellos, "petacas" de rojos claveles, sangre florida de la loma, que los pinta a millares para que traigan al llano pueblerino emanaciones de aquellas alturas, soberbias y magníficas. Mezcla todo aquello de la poesía, que es necesaria, y de la necesidad, que es poética. El Arte siempre, como gloria y remate de todas las cosas. En "Los recueros": Así pasaba el tiempo, en un continuo viaje, dicharachero y festivo, viviendo de sus recuas, sin temor a las revoluciones, ni a las tormentas, ni a nada, hasta la hora en que el progreso tendió sobre los montes las barras de hierro de los ferrocarriles y la cinta de plata de las carreteras. En "La siembra del maíz": La predicción del viejo agricultor fue cumplida. La menguante trajo copiosa lluvia que bebió con avidez "el polvo sediento".Fue una tarde. Era la primera lluvia de mayo. La hija mimada de la casa corrió a la puerta del patio a lavarse la cara, no para rejuvenecer, pues que era moza, sino porque joven como era, sería más bella con la virtud de la primera lluvia de mayo. La lluvia fue atenuándose, y manchó la pureza del albino cielo una repentina invasión de alas negras. Eran golondrinas que entregaban, a los últimos alfilerazos de la lluvia, el eterno dolor de su plumaje. El día precursor al de la siembra tuvo una ardorosa mañana de oro y una fecunda tarde de plata, tarde blanca de lluvia en que el cielo no parecía otra cosa que una malla perlina incendiada a trechos por la inquietud luminosa de un relámpago. En "Las velas": Estas casas lucen desde temprano, sobre la cuerda que sujetan dos horcones de madera, el ansiado tocino puesto al sol o la gorda cecina reflejada en las pupilas fosforescentes de los gatos. En "El velorio": Aquí la osadía de una mirada femenina forma encuentro de luz con la temeridad de unos ojos de galán rendido y complaciente. Es una irreverencia imperdonable. La provocación ocular, y el pudor mantiene su puesto, amparado en la distancia. Encontramos también un elogio del merengue, cuando este ritmo no había alcanzado su globalización: Es una especie de danza agitada, de aires callejeros o rurales, que saben a democracia barata en noche de sábado, a licencia de suburbio, a libertad sin precio en salón anexo a cantina de galleras. Es el alma heroica y aturdida del pueblo que la danza al son de su merengue, defendiéndose algunas horas del asedio de la pobreza. El merengue no se ha ido, como los otros bailes típicos, persiste, resiste, se debate contra la ola de los bailes exóticos, y es que en sus notas y en el rito de sus actitudes danzantes vive, hecho aromas de sueños, el espíritu nacional, que se nutrió de heroicidad en el obscuro barrio y en el monte, cantera de donde han salido las mejores piedras humanas, esquizadas de hechos heroicos con que Santo Domingo ha erigido su leyenda y su historia. Como fácilmente podríamos llenar páginas y páginas ensartando metáforas sin que agotemos lo más importante de este libro, vamos concluir con las estampas del Domingo de Ramos: Y es interesante la elección de los cogollos. No piensa la linda muchacha de "ojos galanos", tan comunes en los campos cibaeños, en la suerte de los nidos que van a ser maltratados con la subida del mozo armado de cuchillo, que alcanzará, a gatas sobre el tronco, la pompa del cogollo. ¡Qué sabe ella de aquel rimero de palillos frágiles, con briznas de plumas, monumento de amor! ¡Qué le importa un destrozo de primavera en aquel paraguas siempre verde en cuyo varillaje enreda amores la calandria! ¡Qué le preocupa el oro de una yema que se rompe en la cuna pajiza de un nidal! Le tienen sin cuidado las canciones que arrancan --agua viva de armonías-- del surtidero de los picos. Y colorín colorado, esta presentación ha terminado. ![]() |
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