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Old 20th February 2002, 00:47
Guaili-Cayniabon Guaili-Cayniabon is offline
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[i]La “Crónica de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico”, de don Angel Rivero, es lectura imprescindible para todo puertorriqueño interesado en conocer mejor la historia de su país.

Para fines del Siglo 19, Rivero fue capitán de Artillería del ejército español en Puerto Rico. En tal capacidad, le correspondió la dolorosa tarea de entregar al capitán de Artillería norteamericano, H.A. Reed, las llaves del castillo de San Cristóbal el 18 de octubre de 1898. En ese día, España traspasó la soberanía sobre Puerto Rico, poderío que había ejercido por más de 400 años, a manos de los Estados Unidos.

Veintitrés años más tarde, en abril de 1921, Rivero publica su “Crónica”, que es el recuento de un testigo de excepción de los incidentes principales de la Guerra Hispanoamericana en Puerto Rico. Uno de esos incidentes fue la intervención del doctor Julio J. Henna en los planes de la Marina de Estados Unidos de invadir a Puerto Rico.

El doctor Henna nació en Ponce en el 1848. A los 20 años, fue encarcelado por el gobierno español por sus ideas independentistas y condenado al destierro. Se trasladó a los Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en medicina de la Universidad de Columbia en 1872. En Nueva York, Henna continuó su activismo político: formó parte de la Junta Revolucionaria de Puerto Rico y fue uno de los organizadores de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano.

En el Apéndice 3 de su libro, Rivero reproduce una carta del doctor Henna, en la que éste describe las gestiones que realizó en Washington, junto a su entonces secretario, don Roberto H. Todd, relacionadas con los planes de Estados Unidos de invadir a Puerto Rico. Cito de la carta de Henna:

“La voladura del (barco de guerra norteamericano) “Maine” (ocurrida la noche del 15 de febrero de 1898, en medio de una visita amistosa) en el puerto de La Habana, presagiaba una guerra entre España y los Estados Unidos, y motivó un viaje que hice a Washington, con el objeto de investigar y averiguar los proyectos de esta nación.

En mi primera entrevista con el presidente McKinley, después de explicarle mi posición de presidente del Partido Revolucionario de Puerto Rico, y de estar seguro de que la guerra se efectuaría, indíquele que el Directorio me había autorizado a ofrecerle al Departamento de la Guerra todos sus planes de invasión, siempre y cuando se nos prometiera que una vez (estuviera) la Isla en posesión de las tropas americanas, los puertorriqueños, por medio de un plebiscito, determinarían su estado político.

“No habrá el menor inconveniente en que esto se lleve a cabo tal como usted lo ha explicado”, me contestó McKinley. (Subrayado nuestro) Me suplicó también pasase a entrevistarme con (Teodoro) Roosevelt, entonces subsecretario de la Marina, a quien en presencia de los jefes del Ejército y de la Marina entregué y expliqué detalladamente nuestros planes; ofrecí mis servicios y los de los miembros del Directorio, hombres, guías, etc., etc., y pedí que me nombraran comisionado civil —sin sueldo— y acompañar las tropas de desembarque.

Esto lo hice con el objeto de asegurar a mis paisanos, por proclama y de viva voz, que no era la intención del Gobierno americano conquistar el país, sino libertarlo, y que ellos (—los puertorriqueños—) decidirían luego, en un plebiscito, la forma de gobierno que debería regirlos en lo futuro.

Mis repetidos viajes a Washington, en una primavera fría, me causaron una severa pulmonía, de la que escapé milagrosamente. Cuando en julio (de 1898) regresé a Washington, en solicitud de mi nombramiento de comisionado civil, el Secretario de la Guerra rehusó ponerlo por escrito e insistió en que me embarcase sin documentos, asegurándome que el gobierno americano siempre cumplía con sus compromisos.

Rehusé, terminantemente, embarcarme sin credenciales. El general (Nelson A.) Miles, (comandante en jefe de las fuerzas invasoras), insistió en que lo acompañase como miembro de su estado mayor, a lo que le contesté que ‘yo no podía formar parte de la invasión militar, porque implicaba obediencia ciega a jefes que tenían el derecho a obligarme, en caso de que algunos de mis paisanos se opusiesen a los ataques de las tropas, a hacer fuego contra aquellos compatriotas’.

Desistí de mi proyecto, regresé a Nueva York muy descorazonado, y tan pronto como los americanos se apoderaron de la Isla, convoqué al Directorio y pedí su inmediata disolución; su objeto había terminado”.

Por desgracia, el doctor Henna no fue el último puertorriqueño en caer víctima de los engaños de altos funcionarios norteamericanos. La proclama del general Miles, emitida en Ponce el 28 de julio de 1898 a “los habitantes de Puerto Rico”, fue otra soberana tomadura de pelo a nuestro pueblo.

Regresemos a la “Crónica” de Rivero:

“En estos días (cercanos a la invasión), se agitaba en Washington un varón sabio y bueno, el famoso educador de pueblos Eugenio María de Hostos. (...) Separatista convencido, Hostos ‘volcó todas las piedras’ para anular los trabajos de Henna y Todd, y quitar eficacia y valor a (la célebre proclama). Hostos no tuvo éxito; habían triunfado Henna y Todd, quienes señalaron a los norteamericanos el rumbo a Puerto Rico...

Por este tiempo el doctor (Ramón Emeterio) Betances, separatista ferviente, escribía desde París al doctor Julio J. Henna:

“¿Qué hacen los puertorriqueños? ¿Cómo no aprovechan la oportunidad del bloqueo para levantarse en masa? Urge que al llegar a tierra las vanguardias del ejército norteamericano sean recibidas por fuerzas puertorriqueñas, enarbolando la bandera de la independencia y que sean éstas quienes les den la bienvenida. Cooperen los norteamericanos, en buena hora, a nuestra libertad; pero no ayude el País a la anexión.

Si Puerto Rico no actúa rápidamente, será para toda la vida una colonia norteamericana’.”

¿Se cumplirá esa lúgubre profecía de Betances? Ahora que la gobernadora Sila Calderón ha hablado de poner en marcha un nuevo proceso para resolver nuestro status político, ¿nos cogerán de bobos una vez más los norteamericanos?

Hay que abrir bien los ojos, pues ya estamos cansados de más de 100 años de engaños.
__________________

"Yo soy Boricua, mi amor es Puerto Rico,
Para mi Islita no encuentro parangón,
Nací en los montes del centro de mi tierra,
Yo soy Boricua de sangre y corazon."


[i]"Al morirme que me entierren en la tierra en que yo nací,
pues quiero darle a mi tierra lo que ella me ha dado a mi."

[/b]-El Nene de Río Grande

[b][i]¡FIEL A LA VICTORIA!
¡QUE VIVA LA REVOLUCIÓN!


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Old 20th February 2002, 16:54
Guaili-Cayniabon Guaili-Cayniabon is offline
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[i]COLONIALISMO


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Para mi Islita no encuentro parangón,
Nací en los montes del centro de mi tierra,
Yo soy Boricua de sangre y corazon."


[i]"Al morirme que me entierren en la tierra en que yo nací,
pues quiero darle a mi tierra lo que ella me ha dado a mi."

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